Capítulo 13: El eco de los dioses y el salto al vacío
El sonido silencioso que realizaba el fénix al volar, cortando las nubes y rozando contra el viento, era como el tenue silbido de una abeja, casi imperceptible al cruzar las diferentes capas de la atmósfera. Su destino era claro: llegar hasta el Dios del Destino para suplicarle ayuda y resolver la tragedia de su familia.
Sin embargo, al llegar descubrió la cruda realidad de los dominios divinos: el Dios del Destino estaba ocupado, rodeado de una fila interminable donde existían rangos y jerarquías estrictas. Para los dioses, él no era lo suficientemente importante como para concederle una audiencia inmediata. Como el tiempo de espera se prolongaba eternamente —y sabiendo que el tiempo del cielo transcurre de manera distinta al del Planeta Zero, y que no podía volver a cometer el error que hizo que sus descendientes cayeran bajo la maldición—, el fénix se vio obligado a apresurarse. Usando la poderosa influencia de la Diosa Artemisa en relación con la profecía, logró abrirse paso y adelantarse en el proceso; después de todo, no estaba mintiendo al respecto.
Cuando por fin le tocó su turno de hablar con el Dios del Destino, el deudor ni siquiera se dignó a presentarse en persona. En su lugar, el dios mandó a un subordinado con una bandeja que llevaba un mensaje grabado:
«¿Tanto poder para ordenar el destino y tan ciego para ver el tuyo? Mientras pierdes el tiempo en audiencias estériles, el mundo arde. Lo que tenga que venir, vendrá sin tu permiso».
Para llegar hasta allí, el fénix había tenido que atravesar un espacio oscuro y hostil conocido como "El Vacío", un sitio sin aire ni oxígeno donde se mantenía únicamente gracias a la gravedad. En ese lugar era casi imposible encontrar vida más allá de la absoluta oscuridad, tal como afirmaban los Lurras —el término con el que los seres divinos denominaban despectivamente a los habitantes del Planeta Zero—. Para los Lurras, este aislamiento hacía que Elysium y los propios dioses fueran considerados un simple mito, una leyenda inventada por sus antecesores para justificar la guerra y manipular el sistema en el que vivían.
Lo que los mortales ignoraban es que El Vacío funcionaba como una barrera natural que alejaba las ambiciones de los Lurras del cielo.
Para cruzarlo, el fénix tuvo que usar el poder divino de su linaje y su insignia sagrada, desestabilizando la ilusión creada por las deidades de ese universo. Sin ese poder, El Vacío parecía un abismo oscuro sin señales de vida; pero al canalizar su energía, la realidad comenzó a resquebrajarse como un diafragma destrozado, rompiendo el velo y revelando lo que se ocultaba más allá.
Al abrir el portal, la ilusión se disipó por completo para mostrar una belleza antinatural y fuera de lo común: rocas flotantes por las que fluían cataratas de agua y montañas suspendidas en medio de un mar de densas nubes. La geografía de ese reino divino se basaba en la vida sobre estas islas flotantes, en cada una de las cuales habitaban las criaturas a las que los dioses llamaban Ninn (las bestias sagradas creadas a partir de su propio cosmos). Y más allá de estas islas flotantes se alzaba Elysium, el sancta sanctorum donde residían los Dioses y deidades que habían forjado el universo.
Contemplar aquel dominio divino le devolvió de golpe al fénix los recuerdos de su propio pasado. En aquella época, él había estado cerca de sus descendientes en el Planeta Zero, cuidándolos de cerca pero obligado a seguir la estricta regla impuesta por los Dioses: sus descendientes jamás debían saber que el fénix frente a ellos era su verdadero ancestro, por lo que se hacía pasar únicamente por un subordinado de la Bestia Sagrada encargado de su protección, cumpliendo así con las restricciones celestiales antes de que la maldición cayera.
Recordó que, en medio de ese encargo, tuvo que subir al cielo por un motivo completamente distinto, pero al regresar, la tragedia ya se había consumado y su gente había desaparecido. Sin embargo, una incógnita muy presente lo atormentaba: ¿a qué fue realmente a Elysium en ese entonces como para dejar a sus descendientes desprotegidos? Ese pensamiento lo carcomía sin arrojar ningún resultado, algo que jamás debería haber sucedido en su impecable memoria. Cuando intentó buscar respuestas en el pasado preguntando a los habitantes de Elysium, nadie supo decirle nada; el Dios del Destino había desaparecido sin dejar rastro y su propia memoria de aquel viaje seguía extrañamente bloqueada.
Lo único que obtuvo en su momento fue la fría respuesta de Zeus: «Lo que tenga que suceder, sucederá; así que ten paciencia». Casi las mismas palabras que había escuchado hoy, aunque con un eco todavía más cínico. Por eso no podía quedarse de brazos cruzados: tenía que volver.
Mientras tanto, en el Continente Luna, una decidida Thiara se preparaba para marchar en busca de respuestas con respecto a su padre y a lo ocurrido en la Cueva del Silencio. Sabía que su padre había muerto y que quedarse allí no la llevaría a ninguna parte; era consciente de que no podría recuperar su antigua vida, pero estaba dispuesta a vengarse de quienes intentaron matarla. Si el deceso de su padre tenía relación con alguien más, se encargaría de saldar cuentas.
Aunque apenas comenzaba a manejar su poder como híbrida sagrada, su inteligencia le permitía dominar algunas técnicas con rapidez; sin embargo, el verdadero problema era que no sabía cómo camuflar su nuevo aspecto.
Actualmente, sus rasgos habían cambiado de forma drástica: su cabello se había vuelto de un negro intenso con destellos rojos donde antes imperaba el azabache oscuro; su piel, que solía ser blanca con un suave tono rosado en las mejillas, se había tornado cobriza; y sus ojos color miel ahora brillaban como el café en la oscuridad y se encendían de un rojo vivo bajo el sol. Lo único que se mantenía intacto eran sus labios, sus dientes y la fisonomía de su rostro. Pero sobre su frente había brotado una corona hecha de finas plumas rojas, un par de pequeñas alas rojas resaltaban en su espalda, y sus orejas, antes redondas, ahora terminaban en puntas afiladas.
—¡Rayos! —pensó Thiara con frustración—. Con este aspecto no podré entrar al continente...
Las palabras de la sirvienta de orejas de conejo resonaron de inmediato en su mente: «Además, afuera... un híbrido como nosotras no tiene nada...».
Pero aquello no iba a detenerla en su objetivo. Ya vería cómo arreglárselas cuando llegara al Continente Dragón; lo primero era escapar del Continente Luna. De acuerdo con la nota de Nix, el movimiento en la zona de servicio no implicaba que los guardias custodiaran el portal, sino que se encargaban del abastecimiento y traslado de mercancías. Sabiendo que el almacén y el acceso al portal estaban situados junto a la cocina —un área donde el personal comía y circulaba constantemente—, decidió esperar hasta la medianoche, cuando el castillo entero quedaba sumido en el silencio y el personal dormía, para colarse sin ser vista.
Aprovechando la oscuridad y la ausencia de rondas, Thiara se deslizó con sigilo absoluto hacia la zona de la cocina, esquivando las sombras hasta dar con la pesada compuerta oculta tras runas parpadeantes.
Thiara apretó los dientes. En teoría, los artefactos de ese nivel no funcionaban al azar, sino que requerían la programación de rutas precisas mediante runas específicas. Pero ella no tenía idea de esos detalles técnicos; en su pasado, debido a la escasez de maná, solo había interactuado con teleportadores improvisados o de tipo aleatorio. Con el tiempo pisándole los talones y el misterio detrás de la desaparición y muerte de su padre, sumado al futuro del Clan Monte ahora en manos de su media hermana —dos semanas enteras desde aquella fatídica noche de veneno y la revelación de la verdad de su origen— pesando en su memoria, no tenía margen para dudar.
Si el portal exigía una ruta exacta que ignoraba, tendría que confiar en la pura fuerza de su voluntad. Se arriesgaría a caer en cualquier parte, tal como lo hacía en los viejos tiempos.
Colocando la mano sobre el panel rúnico y canalizando el inestable poder de su nueva naturaleza híbrida, activó el mecanismo sin mirar las coordenadas. Una luz cegadora la envolvió, desgarrando el aire a su alrededor en completo silencio.
El impacto del salto dimensional la sacudió por completo, mareándola mientras su conciencia se desvanecía brevemente entre destellos de luz escarlata.
Cuando el eco del traslado se desvaneció y un aire frío e impenetrable golpeó su rostro, Thiara abrió los ojos lentamente. Lo que vio a su alrededor no se parecía en nada a los lujos oscuros del Continente Luna.
Había caído directamente en uno de los almacenes ocultos del Continente Dragón, situado en la provincia "Y", en la ciudad "Kids", a más de 10 kilómetros de la ciudad Yui. Por supuesto, ella no tenía forma de saberlo; el lugar parecía un viejo granero abandonado y sumido en la más absoluta oscuridad. Tuvo que valerse de su habilidad de visión mejorada para escudriñar las sombras y darse cuenta de que se encontraba atrapada entre paredes de madera y sacos polvorientos, dando inicio a su nueva y peligrosa etapa.
En otro rincón del Continente Luna, el amanecer estaba a punto de emerger, pero no trajo calma, sino una sacudida de pura indignación. En aquella comunidad oculta donde los híbridos encontraban refugio, libertad y una vida normal lejos del desprecio, la noticia corrió como pólvora por las calles y los hogares: Thiara había desaparecido.
Para algunos híbridos del lugar resultaba insólito que alguien decidiera ir de vuelta al exterior sabiendo el prejuicio que cargaban los forasteros; no entendían por qué los líderes del lugar armaban tanto alboroto por una huida voluntaria, pero debían seguir las órdenes.
Sin embargo, los que estaban verdaderamente indignados —y aterrorizados— eran los que se encontraban dentro del castillo.
La furia y la culpa estallaron sin control. ¿Cómo era posible que nadie la estuviera vigilando? ¿Cómo habían bajado la guardia de tal forma? ¿Y ahora con qué cara le iban a informar al fénix de lo ocurrido? Las voces de reclamo no tardaron en señalar la negligencia general, recordando además el mandato directo que el fénix había dejado grabado antes de partir hacia Elysium: nadie debía moverse, y la seguridad de Thiara era la máxima prioridad. Al no cumplir con la orden y descuidar su resguardo, la culpa recaía sobre todos.
Lo que más asustaba era que hubiera salido directamente de la barrera creyendo que aún podía haber perdido la memoria.
Solo Nix se mantenía relativamente fresco, pensando por dentro: «¿Habré hecho lo correcto? Digo... si me descubren, no quiero ni imaginar al fénix regañándome».
El revuelo continuó hasta que alguien de los almacenes del teletransportador irrumpió donde estaban los demás, anunciando con el rostro pálido:
—La herramienta de teletransportación sigue activa. Parece que la usaron para ir al Continente Dragón, a la provincia "Y", en la ciudad "Kids". Se supone que hoy íbamos a cambiar la ruta de seguridad, lo que significa que quien la usó no tenía idea de la programación exacta.
Al atar cabos, los rostros palidecieron aún más:
—Ella no perdió la memoria... —dijeron con estupor.
Pero eso no disipaba su terror, sino que abría una nueva incógnita: ¿cómo una extranjera recién llegada supo de ese acceso?
Nix, encogiéndose de hombros, soltó con fingida despreocupación:
—Bueno, ¿qué se le va a hacer? Ya sabemos que llegó a su hogar, eso es mejor que nada...
—¡Nix, te pasas! —le gritaron todos al unísono—. ¿Sabes acaso que allá el prejuicio hacia nosotros es gigante? ¡Esa chica se quiere morir sola!
—Ay, sí, pero igual no hizo caso, ¿qué más podíamos hacer? —respondió Nix, haciendo un puchero exagerado.
La mueca provocó que todos a su alrededor pusieran cara de asco ante la escena de un anciano comportándose de esa manera.
Hasta que uno de los líderes dio la orden definitiva:
—Manden a Nix a traerla de vuelta. Es un médico excepcional, tanto en el mundo de los híbridos como en el humano; nadie mejor que él para lidiar con el temperamento de Thiara y cuidar de su salud ante cualquier peligro en el camino
El problema era... ¿cómo convencer a un centauro testarudo de meterse voluntariamente al portal? Simple: tuvieron que amarrarlo a la fuerza.
Entre varios lo sometieron mientras Nix relinchaba y pataleaba de la indignación, asegurándose de atarle bien las pezuñas para que no rompiera nada con una coz. Así, envuelto en sogas y protestando a gritos, lo arrastraron a empujones hasta colocarlo justo en el centro de la plataforma del teletransportador, mientras otro de los operadores de confianza se apresuraba a teclear las coordenadas exactas hacia la provincia "Y" en el Continente Dragón.
Justo antes de activar la palanca, Nix logró asomar la cabeza, fulminándolos con la mirada mientras escupía maldiciones:
—¡Esperen nomás a que se enfermen y caigan en mis manos! ¡Ya verán, me vengaré de todos ustedes, par de... !
¡Zas!
La luz del portal lo tragó por completo, enviándolo disparado a velocidad de vértigo hacia el Continente Dragón para cumplir su misión (a la fuerza).
Notas y Glosario del Capítulo 13
Elysium: El sancta sanctorum y dominio supremo de los Dioses y deidades que forjaron el universo. Un reino de belleza antinatural compuesto por islas flotantes, cataratas suspendidas en el cielo y montañas rodeadas de un mar de densas nubes.
El Vacío: Espacio oscuro, hostil y desprovisto de aire u oxígeno que sirve como barrera natural entre el Planeta Zero y los dominios divinos. Solo puede cruzarse mediante poder divino y una insignia sagrada que desestabiliza la ilusión del velo.
Lurras: Término despectivo con el que los seres divinos denominan a los habitantes del Planeta Zero. Para ellos, los mortales viven aislados y consideran que los dioses son meros mitos o leyendas.
Ninn: Término utilizado por los Dioses para referirse a las bestias sagradas, las cuales son llamadas de esa misma forma por los propios Lurras. Estas criaturas habitan en las islas flotantes de Elysium y fueron creadas a partir del cosmos de las deidades.
Nix: Excepcional médico y centauro de afilado temperamento, conocido tanto en el mundo de los híbridos como en el humano. Obligado a cumplir misiones (y lanzado a la fuerza a través de portales atado de las pezuñas por sus compañeros), destaca por su pragmatismo... y por sus memorables amenazas de venganza médica.

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