Planeta Zero — Capítulo 12: El Despertar de la Sombra y el Escape del Refugio Sagrado

Planeta Zero — Capítulo 12: Las Huellas del Destino y la Furia de la Heredera

En un cuarto deslumbrante yacía en cama una jovencita de aspecto morocha, con una cara fina y un perfil tallado por los dioses, pero en su frente resaltaban unas plumas carmesí que la rodeaban a modo de corona, mientras dormía con el ceño fruncido y gotas frías deslizándose por su piel.

Cada cierto tiempo, una sirvienta con orejas de conejo entraba a la habitación para secarle el sudor frío que le resbalaba a la jovencita, quien había caído en un sueño profundo debido al shock de la noticia. La culpa por la muerte de su padre le estaba pasando factura, envolviéndola en una red de pesadillas. Fuera de allí, el subordinado del Rey Fénix se sentía profundamente preocupado y no podía apartarse de ella, hasta que un emisario le entregó una carta urgente sobre los asuntos del Continente Dragón. Salió de la habitación hacia su despacho para leer la nota.

El documento informaba que la segunda concubina del Clan Monte, Xiomara Wei Lu, había sido puesta bajo arresto domiciliario, sin la capacidad de salir de su residencia. Su majestad del Continente Dragón le había dado la espalda después de todo lo que ocasionó a su mejor súbdito, lo que significaba que su familia materna había caído. Para remediar parte del daño al Clan Monte, se perdonaron los crímenes de esta y se nombró a Rose Monte como hija Di del clan.

El Fénix pensó de inmediato:

—¿Me imagino que descubrió la usurpación de poder que hubo antes? Eso quiere decir que Thiara debería volver al Continente Dragón, ¿verdad? —Sin embargo, al recordar la apariencia y el estado actual de la joven, se corrigió con pesar—: ¡No! Ella ahorita no está en condiciones de volver a una vida normal; además, tiene un destino distinto impuesto sobre ella.

Murmuró para sí mismo:

—Pero tampoco quiero decidir por su camino.

Volvió a leer la carta y reparó en que Rose Monte había sido reconocida como hija Di. Al percatarse de la magnitud de la crueldad de Xiomara Wei Lu, arrugó la hoja con furia y rechinó los dientes. Esa mujer merecía ser devorada por las bestias espirituales.

Gritó con indignación:

—¡Cómo se atreve a arrebatarle a la hija biológica de Luna Xiu, mi descendiente! ¡Todo el dolor que pasó después de eso! ¡Maldita mujer, hizo que mi descendiente, Rose, matara a su propio padre y luego a su hermana! ¡Qué coraje! Y todo por un amor no correspondido... fue tan malvada que su propio bebé murió en el proceso.

Con esto en mente, un nuevo pensamiento lo sacudió:

—Ella, Rose Monte, también es mi descendiente; por lo tanto, también es híbrida.

Quedó profundamente sorprendido al recordar la maldición familiar del Cáliz de Ceniza Eterna, lo que significaba que Rose también estaba en peligro mortal.

—¿Qué hago ahora? ¡Debo buscarla y ayudarla! —se reprochó—. No, no puedo arruinar su vida y ponerle más peso del que ya lleva consigo. Además, ¿cómo curar esta herida entre hermanas con la que el destino jugó de esta manera? Lo que debo hacer ahora es buscar una forma de reconciliarlas y salvar a Rose Monte. ¡Debo buscar ayuda en el cielo o consultar con mis hermanos!

Recordó las normas del Planeta Zero con respecto a los clanes cuyos hijos mataban a sus propias familias. Preguntó al subordinado si alguien más sabía sobre lo ocurrido en el Clan Monte, y este respondió:

—Su majestad del continente Dragón y el maestro de la actual líder, Rose Monte, lograron silenciar cualquier ruido o testigo sobre los hechos. El rey usó la voluntad del difunto para proteger al clan y a la sucesora.

El Fénix suspiró, con un tono más sosegado:

—Por lo menos tuvo algo de conciencia ese rey, a pesar de todas las torpezas que cometió. En parte fue su culpa que la obsesión enfermiza de esa mujer escalara a este grado y que mis descendientes sufran así.

Dejando eso a un lado por el momento, reflexionó sobre el siguiente paso:

—¿Debo dejar la muerte de Thiara tal como está, o debo integrar los destinos de ambas hermanas? ¿O debo consultar esto directamente con ellas? Mejor iré al cielo a buscar consejo o a consultar con el Dios del Destino sobre esta situación.

Se giró con aire serio hacia su subordinado y dio una orden estricta:

—Cuando despierte, cuídala bien. No permitas que abandone el Continente Lunar por ningún motivo.

Con esta resolución, dejó el lugar, saltó por la ventana para adoptar su forma real de fénix y batió sus alas rumbo al cielo.
Nota: El tiempo en el cielo transcurre de forma muy distinta al Planeta Zero; lo que allá son minutos, en el plano terrenal pueden ser semanas o meses, e incluso un año en los cielos puede equivaler a décadas en el Planeta Zero



Minutos después del descenso del Fénix

La jovencita en la cama despertó sobresaltada por una nueva pesadilla. Se incorporó de golpe, con el cuerpo empapado en sudor frío, y miró a su alrededor con una expresión de pánico mientras el peso de la tragedia caía de nuevo sobre ella.

—Padre... te he fallado. Por mi culpa falleciste —murmuró con voz quebrada, apretando la almohada contra su pecho con tanta fuerza que sus nudillos perdieron color—. ¡Debo regresar al clan! Debo ver el cuerpo de mi padre... si no lo veo con mis propios ojos, simplemente no puedo creerlo.

Intentó levantarse de la cama, pero la extrema debilidad muscular provocada por los días de sueño profundo le jugaron una mala pasada; sus piernas fallaron y cayó pesadamente al suelo. El ruido alertó a las sirvientas que vigilaban la estancia. Asustadas, corrieron a socorrerla y la ayudaron a ponerse de pie con delicadeza, sentándola de nuevo en el borde del lecho.

Con la respiración agitada, la joven miró a la criada que la sostenía y le suplicó:

—Necesito salir de aquí... por favor, ayúdenme a volver a casa.

La sirvienta, con las orejas gachas y una expresión de profundo pesar, negó con la cabeza:

—Lo siento mucho, señorita. No puedo hacerlo. Son órdenes estrictas de mi señor: debo mantenerla a salvo aquí hasta su regreso.

Sorprendida e indignada por la respuesta, Thiara la interrogó con los ojos abiertos de par en par:

—¿A dónde se fue? ¿Qué tanto piensa demorar? ¡No puedo quedarme cruzada de brazos mientras el clan se desmorona!

Al notar la desesperación de la chica, la sirvienta de orejas de conejo le dijo con tono suplicante:

—Nadie puede salir sin el permiso directo de mi señor. Y si logras cruzar por cuenta propia, el mecanismo de defensa de la barrera te arrancará de la mente cada segundo que pasaste aquí; perderás por completo estos recuerdos. Además, afuera... un híbrido como nosotras no tiene nada. Este es un paraíso prohibido para los de nuestra clase. ¡Mejor espera a mi señor! Él es el único que puede ayudarte a encontrar un camino seguro.

Thiara soltó un grito que retumbó en las paredes de piedra:

—¡Tú no lo entiendes! ¡Debo volver a casa! Aunque olvide este lugar, mi corazón recordará el peso que lleva mi decisión. ¡No me importa la memoria si mi familia está destruida!

Al escuchar semejante temeridad, la sirvienta conejo, exasperada y con lágrimas en los ojos, le espetó mientras tomaba un pequeño espejo de tocador para colocárselo frente al rostro:

—¿De qué profecía hablas? ¡Estás completamente loca! Mírate cómo estás ahora... tu cuerpo, tus facciones... ¡eres un híbrido! ¿Acaso no sabes el prejuicio que tiene el planeta en nuestra contra? ¿Acaso nosotros decidimos nacer así? Si sales allá afuera tal como estás, tus propios parientes te repudiarán, las facciones enemigas te cazarán y terminarás vendida como esclava en los mercados del imperio. ¿Es eso lo que deseas para ti? ¿Morir como una bestia salvaje en el lodo?

Las palabras de la criada cayeron como un golpe seco, dejando un silencio denso e incómodo en la habitación. Thiara sintió que el aire se le quemaba en el pecho. Su orgullo de heredera, herido y sangrante, rechazó la compasión de la criatura.

Con los ojos empañados en furia y desprecio, Thiara siseó:

—Largo de aquí, maldita híbrida... No sabes lo que dices. Nosotras no somos iguales. Yo nací como humana de sangre pura, no soy una de ustedes. ¡Si salgo de este maldito lugar, volveré a ser la que era antes de que todo esto destruyera mi vida!

La sirvienta bajó las orejas, abatida y con el corazón encogido por el rechazo, y salió en silencio de la estancia, dejándola sola con su propia tormenta.

El eco de los pasos de la sirvienta apenas se había desvanecido cuando la pesada puerta de madera volvió a abrirse. El sonido metálico de unos cascos resonó con solemnidad en la estancia. Era el médico Nix, el centauro. Su imponente figura y su mirada severa se detuvieron frente a Thiara, quien aún respiraba con agitada frustración al borde de la cama.

—Veo que tu cuerpo ha resistido el diagnóstico —dijo el centauro con voz grave y resonante, cruzando los brazos sobre su torso, manteniendo esa rigidez y respeto forzado que aprendió a la fuerza tras la visita de Artemisa y la reprimenda sobre su arrogancia frente al verdadero dueño del refugio—. Los registros médicos no dejaban lugar a dudas: la maldición del Cáliz de Ceniza Eterna estaba activa en tu linaje, y el veneno alquímico que te administraron desde el exterior había colonizado tu torrente. Curiosamente, nuestro señor la encontró a tiempo y logró arrebatarla de la muerte. Lo que de verdad me sorprende no es que estés aquí, sino que hayas logrado sobrevivir tanto tiempo fingiendo ser humana; en el exterior, las emociones volátiles de los híbridos suelen delatarlos de inmediato. Pero tu mente sigue tan negada como lo estaba tu sangre. Si huyes allá afuera rechazando lo que eres, vas a morir como una tonta avergonzada de su propia existencia... ¿O será acaso que tus padres te sobreprotegieron ocultando tu naturaleza? —lo último lo dijo en un tono sutilmente burlón.

Nota: Aunque el centauro conocía perfectamente la verdadera identidad divina del amo del castillo y le rinde absoluta lealtad tras ser puesto en su lugar por Artemisa, él seguía ignorando cualquier vínculo de sangre o parentesco familiar entre Thiara y el Fénix; para él, ella era simplemente una víctima más a la que su señor decidió rescatar

Thiara apretó los dientes, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes. La mención de sus padres y la fría advertencia del sanador encendieron una chispa de furia descontrolada en su interior.

—¡No hables de mis padres de esa forma! Mejor guarda tus diagnósticos para los débiles —siseó Thiara con los ojos inyectados en rabia—. No necesito tu paraíso ni me importa perder los recuerdos de este lugar. Si mi destino es arder, lo haré llevándome por delante a quienes destruyeron a mi familia.

—¿Por qué tanto odio? —pensó Nix con un suspiro mental mientras la observaba con severidad—. Por gusto me meto en asuntos que no me incumben...

Haciendo acopio de fuerza, ignorando el agudo dolor en sus músculos y el latido febril de su corona de plumas carmesí, Thiara se puso de pie, decidida a encontrar la forma de escapar por su propia cuenta hacia el Continente Dragón. Pero el esfuerzo fue demasiado; las piernas le fallaron y estuvo a punto de venirse abajo de nuevo.

Al ver su tenacidad inquebrantable, algo en el interior del centauro se quebró. Su mente recordó su propio pasado: los años de dura discriminación, los contratiempos económicos y el desprecio que tuvo que soportar hasta convertirse en médico por mérito propio, negándose a permitir que nadie abusara de su dignidad. Ella estaba enfrentando su propia guerra contra el mundo.

Movido por esa silenciosa empatía, se acercó y la ayudó a mantenerse de pie por un brevísimo instante, antes de dar media vuelta hacia la salida. Disimuladamente, mientras se alejaba, dejó caer al suelo un pase de teletransportación y un mapa detallado, fingiendo un descuido absoluto.

Thiara miró los objetos a sus pies. Comprendió de inmediato de qué se trataba, pero guardó estricto silencio y no dijo una sola palabra. La puerta estaba abierta.







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