Rose y la verdad que rompió el Clan Monte | Capítulo 10
El sol se ocultaba tras los muros de la residencia principal, tiñendo el patio de un naranja mortuorio. Rose se sentó en el escritorio que antes pertenecía a Fernando, sintiendo un agotamiento mental que ningún poder o título podía aliviar. Mientras reorganizaba los estantes, un diario cayó al suelo con un golpe sordo. Al recogerlo, reconoció de inmediato la caligrafía de su padre.
—¿Qué secretos esconderá este hombre? —susurró con amargura—. ¿Acaso merece siquiera mi atención si no estuvo para mí cuando lo necesité, como estaré ahora para honrar su recuerdo?
Dejó el diario a un lado, sintiendo una desconexión fría, y se dispuso a examinar los registros contables que yacían sobre la mesa.
Al abrirlos, una verdad incómoda la golpeó: el Clan Monte no era solo una fuerza militar, sino los forjadores de armas del Imperio.
Comprendió entonces por qué el Clan Wei permitió que Xiomara Wei Lu, una de sus hijas "Di", se degradara a concubina: la ambición absoluta por controlar la herrería sagrada desde dentro. Sin embargo, la obsesión de Xiomara fue tan tóxica que, tras su fracaso, el Clan Wei la dio por perdida. Solo su familia materna, los Lu, mantenían una preocupación residual, ignorando que su caída era el producto de su propia maldad.
Al avanzar en las páginas, el nombre de Luna Xiu era palpable en los registros hasta su fallecimiento. Luna había sido la pionera de las armas capaces de fundir el "Chi" de su portador para potenciar su poder.
En otras hojas se mencionaban los logros de Thiara como herrera alquimista. Rose siempre había despreciado a Thiara, considerándola una "inútil" sin "Chi", pero los números revelaron algo que le heló la sangre: tras la muerte de Luna, fue Thiara quien salvó al clan creando las "armas bestiales", un armamento que no requería "Chi".
Rose recordó un instante: tras la partida de Luna, el Clan Monte entró en una crisis económica severa; el líder, absorto en su dolor, ignoraba la precaria situación de Thiara. De no haber sido por los recursos enviados por el Clan Lu, ella y Xiomara también habrían caído en la decadencia.
—¿Cómo es que esa niña me superó en la sombra? ¿Acaso esto era otra de las estratagemas de mi padre para validar a su protegida? —murmuró, sintiendo que sus convicciones se resquebrajaban.
La curiosidad venció a su enojo y abrió, finalmente, el diario de su padre.
Las páginas narraban una manipulación absoluta: cómo Xiomara la usó como un cebo emocional. Xiomara le susurraba tácticas, instándola a realizar gestos o buscar a Fernando con la promesa de que, si ella se esforzaba, su familia estaría completa y su madre no se enojaría. Rose, siendo una niña, repetía mecánicamente las palabras de su madre, creyendo que así lograría capturar la atención de aquel hombre. Sin embargo, a medida que crecía y el acercamiento real nunca se concretaba, Rose simplemente dejó de esperar.
Lo que ella no podía saber era que, para Fernando y Luna, su primogénito había muerto años atrás. La sangre llamaba a la sangre; Fernando se sentía atraído por ella, vigilándola desde las sombras con artefactos mágicos, presenciando sus logros con la esperanza de sentirla cerca, mientras Xiomara se aseguraba de que, ante los ojos de Rose, él pareciera un padre indiferente y favoritista.
Al final del libro, halló una piedra proyectora grabable. Rose la activó con un pulso de "Chi", y el mundo se detuvo. La imagen proyectada mostró a Fernando, pero esta vez, Luna estaba a su lado, mirándola con una angustia que le desgarró el alma:
«Aunque NO seas hija de Luna y solo mía, Luna y yo siempre te quisimos como nuestra hija, nunca como reemplazo de nuestro primer hijo. Solo lamentamos no poder salvarte de esa mujer. Ella siempre amenazó con llevarte lejos; prefería que estuvieras con nosotros, pero tuve que ser paciente...»
La ira, pura y devastadora, inundó su cuerpo. Rose irrumpió en el patio con una furia contenida, más peligrosa que cualquier ráfaga de *Chi*.
—Lo sé todo —sentenció—. Ya sé la verdad de tus crímenes: cómo asesinaste a la esposa principal y cómo me alejaste de mi padre. Sabías que él me amaba, sabías que intentaba sacarme de tu alcance, pero me usaste como escudo y me convertiste en la verduga de mi propio padre.
Xiomara Wei Lu estalló en una risa histérica. Sus ojos perdieron todo rastro de cordura, pero en su voz aún resonaba una arrogancia peligrosa.
—¡Claro que lo sabía! ¿Por qué iba a ocultarlo? Ni el mismo Emperador se atrevió a tocarme cuando eliminé a Luna, ni Fernando tuvo el valor de hacerle justicia. ¿Qué te hace pensar que tú, una niña que apenas aprendió a blandir una espada, te atreverías a desafiar el peso de mis actos?
«Ella no es Fernando para dejarse manipular; yo protegeré con puño y diente a los míos», pensó Rose.
Xiomara Wei Lu vivía atrapada en un pasado donde el Emperador era su escudo, ignorando que el poder de Rose emanaba de la lealtad absoluta del Clan Monte y el apoyo del Gran Maestro.
Esas palabras causaron en Rose una risa fría; un destello de sangre se reflejó en su cara.
Xiomara la desafió: —¿Crees que tengo miedo de ti, una ingrata capaz de matar a su propia familia por poder? ¿Qué te diferencia de mí? ¡Te crié a mi misma imagen! ¿Qué tan orgullosa debería estar de ti Fernando? —Xiomara se desató—. ¿Cómo iba a permitir que ella tuviera lo que yo no pude? Todo mi esfuerzo por él... ¡Fue culpa de Fernando! ¿Acaso no podía darme un poco de su amor? —«¿Qué hice? Acabo de confesar un crimen feroz, pero ¿qué puede hacer ella? Ni el Emperador se atreve. Si lo hace, revelaré lo que ella misma hizo para obtener ese puesto de líder», pensó Xiomara, intentando usar la muerte de Fernando y Thiara como chantaje emocional.
Cuando Xiomara dijo: «¡Te crié a mi misma imagen!», el último rastro de afecto de Rose se evaporó. Destrozada, al ver la mancha de su pecado en sus propias manos por culpa de esa mujer, arremetió contra ella, estampándola contra la pared.
—¡Eres una bestia! —rugió Rose—. ¿Cómo pudiste hacer tal horror? Pero olvidas algo: soy la alumna del Gran Maestro, cuya fama reside en todo el planeta, y tengo al Clan Monte. Soy intocable en este reino. —Aflojó la mano del cuello de Xiomara, quien cayó al piso respirando con dificultad.
«A esta altura, ella me sentenciará de todos modos», pensó Xiomara al ver a su hijo Carlos jugando cerca. «Si digo la verdad, no afectará a mi hijo... al menos vivirá si uso al Emperador. Aun si no puedo conservar mi propia vida, lo único que lamento es que mi hijo lleve ese estatus Du».
Como último acto de venganza, confesó:
—¡Maldita sea el vínculo que los une a ti y a Luna! —gritó—. Así que tuve que arrebatarlo. ¡Te robé del vientre de Luna porque eras mi botín de guerra, mi instrumento para destruirlos! ¡Te odié cada día por ser hija de ella, aunque te llamara mía!
Rose temblaba, sus ojos anegados en lágrimas de pura rabia y confusión.
—¿Tú hiciste qué? —preguntó Rose, con la voz quebrada.
—¡Sí! —rió Xiomara siniestramente—. Aquella noche, el primogénito de Luna... yo me lo quedé. ¿Creíste que te iba a querer sabiendo que eras su hija? El pecado del padre, los hijos lo pagan.
Rose, con el corazón en cenizas, sintió que su ideal de "fuerza por mérito" se desmoronaba. Entendía ahora que su vida entera fue un juego de espejos, una farsa donde su propia fuerza fue el arma que destruyó a su familia biológica.
—Eres peor que una víbora —dijo Rose—. Por tu culpa, exterminé a mi propia familia. Con el alma en ruinas, ¿crees que te dejaré salir con la tuya? —Rose fijó su mirada en Carlos, el hijo que Xiomara más amaba.
La concubina siguió la mirada de Rose y un frío absoluto recorrió su columna vertebral.
—¡No, por favor! El niño es inocente. Si el Emperador se entera... ¿crees que te dejará? ¡Mi familia Lu no te dejará! —exclamó Xiomara, con la voz quebrándose ante la amenaza a su descendencia.
—¿Todavía sigues con esa cantaleta de tu "poder" y tu "Emperador"? —respondió Rose con una frialdad gélida—. No te olvides de a quién tienes frente a ti: soy la líder del Clan Monte y discípula del Gran Maestro, ¿y todavía te atreves a ponerte arrogante?
—¡Le diré al Emperador tu crimen si tocas a mí o a mis hijos! ¡Guardias, vengan a protegerme! —gritó Xiomara, desesperada.
Al notar que nadie acudía a su llamado, Xiomara comenzó a temblar. Rose la observó con una calma que aterraba más que cualquier grito.
—Hace tiempo que me ocupé de ellos. Tus crímenes son imperdonables, has jugado con este clan y mereces la muerte, pero la muerte es una salida demasiado fácil para ti. —Rose dictó su sentencia final:
—Tu hijo Carlos será enviado a la rama secundaria. Será educado como un "Du" de servicio, lejos de toda ambición y privilegio. Tú te quedarás aquí, no como madre ni como concubina, sino como una sombra que este clan ha decidido borrar.
—¡No, por favor! ¡Ten compasión de él! —gritó Xiomara, perdiendo toda su pose—. Por el tiempo que te crié, ¡no se lo des a la rama secundaria!
Rose se giró, con una frialdad que helaba el aire del patio.
—¿Me criaste? Bah... No fuiste ni madre, ni mujer, ni guía. Solo fuiste la sombra que me impidió ver la luz.
Rose se retiró. Xiomara quedó sola, gritando al vacío, sabiendo que su propia confesión era su tumba. Rose no sintió odio, sino un vacío infinito: ahora entendía que su vida no había sido una lucha por el mérito, sino una tragedia de errores provocados por una mujer que la convirtió en el arma contra su propia sangre.
Nota:
Glosario de Planeta Zero: El Arte de la Forja
En el continente del Planeta Zero, la creación de armamento es un arte que se divide en dos grandes tradiciones, cada una con sus propias reglas y limitaciones:
1. La Herencia Alquimista (Armas Sagradas)
Es el camino tradicional del guerrero. Requiere que el herrero sea capaz de canalizar su propio Chi para infundir el arma con atributos elementales (Agua, Aire, Fuego, Tierra, Shing y Shang).
Calidad por Color: El valor de un arma sagrada se mide por la tonalidad del Chi que emana:
- Blanco: Calidad básica.
- Verde: Calidad intermedia.
- Naranja: Potencial máximo.
- Dorada: Armas divinas, el pináculo de la alquimia.
2. La Innovación Espiritual (Armas Espirituales): Procedentes del Continente Dragón, estas armas han revolucionado el mercado bélico al prescindir del Chi para su creación. El herrero no necesita energía interna, sino un control absoluto sobre el fuego y la fuerza física.
- Funcionamiento: Su poder emana de las piedras espirituales incrustadas. Ventajas tácticas: Aumentan el Chi del portador. Permiten influir y manipular el flujo de Chi del usuario.
- Versatilidad: A diferencia de las armas sagradas, permiten añadir más de una piedra espiritual, combinando múltiples efectos en un solo artefacto.
3. El Oficio Común: La base de la sociedad. Destinado a la forja de utensilios cotidianos, accesorios y armas simples, sin propiedades mágicas o espirituales.

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