Planeta Zero: La Heredera del Silencio - Capítulo 4

CAPÍTULO 4: Despertar en el Continente Luna

En el imponente Palacio de Cristal del Continente Luna, el silencio se rompía apenas por el suave murmullo de las fuentes lejanas. En una de las fastuosas habitaciones de invitados, Thiara Monte Xiu descansaba sobre un lecho de seda. Llevaba días sumergida en un profundo letargo.

A su lado, sentado en un sillón de terciopelo, el misterioso hombre permanecía inmóvil. Jamás se había alejado de ella. Mientras Thiara dormía, él la observaba en silencio. Para los súbditos del palacio y todos aquellos que no eran cercanos a su círculo íntimo, la identidad de este ser era un decreto de respeto absoluto: se dirigían a él formalmente como "Lord Fénix", honrando su estirpe mítica. Sin embargo, la joven, atrapada en su inconsciencia, aún no había tenido tiempo ni de procesar la impactante silueta del ave de fuego que vio antes de desmayarse, ni de asimilar la turbia historia de la creación de Planeta Zero.

Mágicamente, mientras flotaba en los últimos instantes de su letargo, una voz profunda y ancestral le hablaba desde las sombras de su propia mente. 

No era un sueño común; era la memoria de la sangre, un eco del pasado que todos los híbridos escuchaban a tener conciencia pero con Thiara fue distinto a causa de su maldición generacional que oculto su parte híbrida.

La voz le revelaba con claridad absoluta lo que ningún humano común podía concebir: que el océano exterior era un vastago mar infinito e imposible de cruzar, y que justo en el medio, oculta por una barrera mística que los ojos mortales no podían discernir, se erigía el santuario en forma de luna creciente. Un refugio gobernado por clanes de bestias espirituales fuertes e inteligentes, donde los híbridos vivían protegidos del estigma y rechazo que aún sufrían en el resto del mundo, incluso en lugares como el Continente Dragón, donde la esclavitud se había prohibido hacía cincuenta años. 

La voz sentenció una última regla antes de desvanecerse: «Quien entra a la Luna Cubierta jamás puede salir, y si lo logra, sus recuerdos serán borrados para siempre».

El eco de esa revelación cortó el letargo de golpe. Thiara abrió los ojos de par en par, incorporándose en la cama con una respiración agitada, desorientada y con la mente zumbando por la información recibida.

A su lado, Lord Fénix dio un respingo, levantándose de inmediato de su sillón de terciopelo. 

Las dos sirvientas que acababan de ingresar para la limpieza —una con estilizadas orejas de lobo y otra con suaves orejas de conejo— se quedaron petrificadas cerca de la entrada.

La sirvienta con orejas de conejo, al ver la mirada desorbitada de la joven y notar que en su confusión se aferraba con fuerza a la almohada como si fuera un escudo, no pudo evitar soltar una pequeña risita por el tierno y cómico gesto. 

Aquella sutil reacción llamó la atención de Lord Fénix, quien al ver a Thiara finalmente consciente y a salvo, dejó escapar un suspiro de alivio y sonrió con una suavidad infinita.

—Por un momento creí que nunca ibas a despertar... —susurró el hombre con la voz entrecortada por la emoción, dándole un paso al frente.

—¿Qué pasa? ¡No me estrujes demasiado, me duele! —protestó Thiara, quejándose por la fuerza del abrazo mientras intentaba zafarse de sus brazos.

Él se separó de inmediato, cambiando de posición con cuidado para acomodarla mejor contra el respaldo de la cama, y le acarició la mejilla con una ternura infinita.

—¿Cómo te sientes?

—¡Hmm...! Pues, me siento llena de energía, pero me duelen mucho los músculos —respondió ella, estirando los brazos para desperezarse.

Al ver que la purificación de su sangre había sido un éxito pero que las secuelas físicas del letargo aún eran evidentes, el hombre miró a las dos sirvientas con una expresión de mando.

—Vayan de inmediato y llamen al médico Nix —ordenó.

Thiara, al ver las lágrimas aún húmedas en el rostro del Fénix, sintió que una calidez desconocida e intensa le inundaba el pecho. Conmovida por su devoción y por el hecho de que él no se había apartado de su lado, levantó su pequeña mano y le secó las lágrimas con delicadeza.

—Gracias... gracias por todo lo que hiciste por mí —murmuró sinceramente

Sin embargo, al apartar la mano, sus ojos salieron de su ensimismamiento y recorrieron la lujosa e imponente habitación con una creciente inquietud—. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar tan extraño?

Thiara guardó silencio, procesando la información mientras el eco de la revelación de su sueño aún vibraba con fuerza en su cabeza. Sus ojos, siempre agudos y observadores, comenzaron a registrar la imponente habitación de cristal hasta detenerse en las dos sirvientas que permanecían junto a la puerta.

Al notar las estilizadas orejas de lobo en una y las suaves orejas de conejo en la otra, su mente ató cabos de inmediato. 

En Planeta Zero existían diversas razas exóticas con características propias de sus respectivos continentes, pero ellas eran distintas; aquella forma tan evidente que combinaba la fisionomía humana con rasgos animales dominantes solo podía significar una cosa: eran híbridos.

Un frío temor le recorrió la espalda al confirmarlo. 

En el Continente Dragón, los híbridos eran un tabú absoluto. Aunque la esclavitud se había abolido hacía cincuenta años, el estigma social era tan destructivo que esas razas preferían huir y vivir completamente aisladas en las montañas más lejanas para evitar el desprecio de los humanos comunes. 

Thiara jamás había visto a uno en persona, pero conocía de memoria las severas advertencias de su padre, quien siempre le repitió que eran criaturas peligrosas, inestables y salvajes a las que se debía temer.

Confundida, miró de reojo al hombre que estaba a su lado en la cama. 

Recordaba perfectamente que él era el Fénix de las leyendas y que ella misma llevaba la sangre de esa deidad mística. Pero en su educación, el Fénix era un dios glorioso que solo existía en estatuas de piedra y dibujos antiguos de crónicas prohibidas; seres sagrados que la gente creía extintos. ¿Qué hacía una deidad tan majestuosa rodeada de híbridos, los seres que su padre consideraba inferiores y peligrosos?

El choque cognitivo y los prejuicios de su crianza terminaron de colisionar cuando las pesadas puertas se abrieron por completo. Al ver ingresar al médico Nix —un centauro imponente con el torso humano y el cuerpo inferior de un robusto semental—, el frágil control de Thiara se rompió por completo ante la imponente realidad de las bestias espirituales.

—¡Auxilio... un monstruo! —exclamó Thiara, perdiendo los estribos ante el impacto. Con desesperación, se abalanzó hacia el hombre en la cama, aferrándose con fuerza a su brazo como si fuera su único escudo en ese nuevo mundo—. Si tú eres un ser sagrado como el Fénix de las leyendas y me salvaste... ¡entonces sálvame de ellos, tío Fénix! ¡Papá... papá, ¿dónde estás?! ¡Sálvame! —gritó con lágrimas de puro terror en los ojos.

La sirvienta con oreja de lobo se enojó por cómo los llamó.

—¡Deja de ser grosera! —dijo, pero el Fénix le hizo una mirada asesina, como para decirle que si quería mantenerse con vida, era mejor que cuidara sus palabras ante la descendiente de la línea sagrada.

La opresión del aire fue inmediata. La sirvienta tragó saliva, sintiendo el peligro real.

—Disculpe, mi lord —dijo, inclinando la cabeza a toda prisa en señal de sumisión.

La otra sirvienta, la de oreja de conejo, le sujetaba la mano para tranquilizarla y evitar que cometiera otra imprudencia. El Fénix cambió su mirada severa y miró a Thiara, quien seguía aferrada a su brazo con fuerza, e intentó tranquilizarla.

—Para ya... no te harán daño —dijo con voz sumamente pacífica.

Thiara lo miró con cara de cachorro herido, desorientada entre lo que dictaba su mente y el miedo que la gobernaba.

—¿Qué es esta mirada que me haces, tío Fénix? —preguntó con la voz rota—. No me dejes con esos monstruos come humanos.

El hombre dejó escapar un suspiro cargado de frustración ante los profundos prejuicios de la menor.

—¿Qué cosas te dio tu padre para que tengas este tipo de concepto hacia los híbridos? —preguntó el Fénix, mirándola con fijeza—. ¿Así me olvidé? Has vivido en un mundo encerrado... ¿Espera? ¿Por qué no veo tus pensamientos?

Intentó profundizar en la mente mística de la joven como lo hacía antes, pero se topó con una barrera absoluta; el despertar de su sangre había bloqueado su omnisciencia divina.

Por su parte, el médico Nix había permanecido petrificado desde los gritos que puso Thiara, pero esa última palabra sobre los "monstruos come humanos" fue el colmo para su orgullo profesional.

—Si esta joven cree que somos monstruos, ¿por qué la trajiste aquí? ¿O es para exponer cómo nos ven los de afuera? Si es así, me voy —dijo el centauro con una amargura cortante, girándose con elegancia.

El Fénix sabía bien el orgullo que tenía este centauro, y más cuando lo trataba de la forma en que lo estaba haciendo Thiara.

—¡Espera, lo siento por cómo se comportó! —dijo el Fénix con voz suplicante, dejando de lado su posición real por la salud de la niña—. Pero necesito que la veas, piedad.

El centauro arqueó su boca en una mueca de severidad y miró de reojo el lecho.

—¿Crees que ella va a dejar que la vea? ¿Es mejor que primero la haga ver que ella también es un monstruo y que aterrice? Ahí veré —dijo con desprecio antes de irse, tirando la pesada puerta con un estruendo que hizo eco en el cristal.

Al escuchar estas duras palabras, Thiara se sintió sumamente inquieta y reflexionó en un silencio sepulcral: «¿Yo también soy híbrida...? Pero yo no soy un monstruo; entonces, eso significa que no todos lo somos...».

Mientras intentaba asimilar el peso de esa deducción, un fenómeno extraño interrumpió sus pensamientos. Destellos translúcidos comenzaron a emanar de las personas en la habitación. «¿Qué son estos colores que veo en los corazones de las personas que están en la sala?».

El Fénix, notando su mirada perdida y fija en el vacío, la sacó de su pensamiento con un suave golpe en el hombro.

—¿Estás bien...? —preguntó preocupado.

—¡Para... para! Estoy bien, deja de batirme —protestó Thiara con su habitual chispa, sacudiéndose el mareo.

El Fénix suspiró de alivio al ver que su mente seguía intacta, y luego la miró detenidamente de pies a cabeza.

—Parece que has cambiado —dijo.

—¿En serio? ¿Tú crees... capaz sea que me ves más madura? —preguntó Thiara, sonrojándose levemente ante la intensa mirada de su protector.

—¿Eh? No es eso... —aclaró él con total seriedad—. Tu despertar trajo algunos cambios físicos en ti...

Thiara sintió que el mundo se le venía abajo. El miedo al estigma volvió a activarse con fuerza.

—¿Ah...? ¿A qué te refieres con cambios físicos? ¡Pásame el espejo! —exclamó con desesperación, buscando el objeto con la mirada.

Las sirvientas, que estaban paradas ahí mismo, la miraban fijamente con cara de querer ver un espectáculo, deseando presenciar la caída del orgullo de la humana. Sin embargo, sabían perfectamente que el Fénix podía leer mentes, por lo que hacían un esfuerzo supremo por mantener sus pensamientos en blanco y no exponer su hostilidad.

—Como desee, mi lord —dijo la sirvienta con oreja de lobo de forma autómata, dando un paso al frente mientras traía el espejo de plata.

Thiara miró fijamente a la persona que le trajo el espejo, que era justamente la que tenía oreja de lobo. 

Al concentrarse en ella, Thiara se sucumbió en sus pensamientos: «¿Por qué tiene ese color plomo en su corazón?». 

Aquel tono grisáceo y frío le causó un miedo irracional, por el cual tenía al principio serias dudas en aceptarle el espejo; además, el temor latente hacia lo que significaba ser una híbrida la desbordó. Por ende, movida por el pánico, se lo arrebató de la mano con un movimiento brusco, haciendo que la sirvienta se disgustase profundamente por aquel acto tan desconsiderado.

El Fénix, al darse cuenta de aquel acto decoroso e impropio que hizo ella, lo único que pudo hacer fue pedir disculpas con la mirada a las sirvientas para mantener la paz, mientras que la joven se giraba hacia su propio reflejo.

Un segundo después, se escuchó el crujir del espejo que estaba sosteniendo Thiara. Sus dedos se apretaron tanto contra el marco que el cristal amenazaba con romperse, mientras susurraba con una voz que apenas era un soplo:

—Es mentira… tiene que ser una broma.

Los rasgos que veía en el cristal confirmaban la verdad de Nix. 

De repente, ella rompió a gritar entre lágrimas desgarradoras, perdiendo el control por completo:

—¡Fénix, ¿qué me ha pasado?! ¡Esta no es mi apariencia, ¿qué me has hecho?!

El Fénix, conmovido por su inmenso sufrimiento, la llevó a sus brazos para que llore sobre su pecho, mientras le sobaba la espalda con suavidad para reconfortarla.

—¡Ya, ya, no es tu culpa, tranquila! —le decía con voz dulce.

Al ver la escena de la chica deshecha en llanto, un sentimiento de amarga satisfacción y regocijo egoísta brilló en las dos sirvientas. Para ellas, ver a la jovencita que se creía superior, que les había escupido esas palabras ácidas hacia los híbridos y les había quitado el espejo con desprecio, ahora pagando “el karma” de convertirse en uno de ellos, se sentía como justicia.

De repente, Thiara dejó de llorar por completo. Con una madurez fría e impactante, se desató del abrazo del Fénix, tomó distancia y lo confrontó de frente.

—¡Explica, ¿por qué este cambio?! —exigió de manera completamente fría, buscando una respuesta lógica.

Al escuchar estas palabras y ver su drástico cambio de actitud, el Fénix se puso serio y adoptó una postura solemne.

—Verás… en sí, esta es tu verdadera forma —explicó con voz profunda—. Debido a que tu sangre no despertaba, viviste atrapada en un caparazón. Viviste en una mentira impuesta por el mundo exterior.

—¡Qué…! Estás mintiendo… —soltó ella en completa negación.

El impacto psicológico fue tal que sus fuerzas cedieron. Luego se comenzó a hacer bolita sobre el lecho, escondiendo el rostro entre sus piernas mientras repetía en un bucle: «Es mentira, es mentira…».

El Fénix se acercó, la agarró con firmeza y cambió la posición que tenía, obligándola a erguirse para que lo mirara a los ojos.

—¿Qué te preocupa? Antes no lo hacías, Thiara. ¿Qué hay detrás de este miedo?

Entre susurros apenas audibles, con la voz ahogada por la angustia, ella pronunció:

—Mi padre…

El Fénix no pudo escucharla debido al murmullo de sus sollozos.

—¿Qué acabas de decir? —inquirió.

Ella se desesperó por completo, rompiendo en un llanto destructivo donde le rodaban los mocos por la cara, mostrando la más pura vulnerabilidad infantil:

—¡Mi padre me va a aborrecer! ¡No me va a amar jamás si me ve así! ¡Seré echada de su lado para siempre por ser un monstruo!

Al ver esto, el regocijo de las dos sirvientas se disipó instantáneamente. El dolor tan real de la niña les causó un profundo estrago emocional por verla así; lo que antes sentían como una victoria, ahora se transformó en una escena desgarradora, ya que ellas mismas sabían perfectamente en carne propia lo que era vivir el rechazo, el abandono y el peso de ese estigma. La empatía las golpeó de frente

La sirvienta de oreja de conejo, conmovida hasta las lágrimas, dio un paso adelante con una dulzura inesperada.

—Señorita… un padre que ama de verdad jamás aborrece a su hija.

El Fénix miró a Thiara con una compasión infinita, reforzando las palabras de la sirvienta.

—Thiara, tu padre te ama. No importa qué forma tengas ahora, su amor por ti no cambiará.

Thiara negó con la cabeza repetidamente, desesperada, limpiándose el rostro.

—No entiendes. Mi padre siempre me dijo que los híbridos eran inferiores, que eran aberraciones. ¿Cómo va a aceptar que su hija sea esto?

El Fénix extendió su mano abierta hacia ella, ofreciéndole un apoyo incondicional.

—Thiara, te mostré la verdad porque es hora de que sepas quién eres realmente y dejes de vivir bajo los prejuicios de los demás.

Thiara retrocedió un paso en la cama, rechazando la mano y tapándose los oídos.

—No quiero saber. No quiero ser esto —sentenció, intentando protegerse de la realidad.

La habitación quedó en un silencio sepulcral, hasta que la sirvienta de oreja de lobo, dejando de lado todo su orgullo herido y mostrando un profundo respeto nacido de la empatía, habló con voz suave:

—Mi señora... tal vez deberíais escuchar al lord Fénix. Él arriesgó mucho por vos. —para luego ponerse a trabajar con su compañera.

Thiara se detuvo en seco. Sus manos cayeron lentamente y su mirada analítica se fijó por completo en el rostro del hombre. La calidez del nombre ancestral comenzó a instalarse en su pecho.

—Tío Fénix, por favor... Explícame —pidió finalmente Thiara, con un hilo de voz que, a pesar del miedo, exigía la verdad de golpe.

El hombre, manteniendo la fachada de guardián subordinado para cumplir el decreto de Zeus y proteger el secreto de la joven —ya que los idiotas de la humanidad exterior, en su ignorancia, podrían malinterpretar la profecía y creer erróneamente que una híbrida de sangre pura es una llave para liberar el mal, cuando en realidad ella es la única con la capacidad absoluta de matar al Semidiós en su etapa más fuerte—, soltó un largo y pesado suspiro.

Se puso de pie, dándole la espalda por un instante mientras contemplaba las altas paredes de cristal del palacio. Sabía que al hablar estaría rompiendo el velo de ignorancia en el que la joven vivía atrapada. Las dos sirvientas en el rincón contuvieron el aliento; sabían que lo que estaba por revelarse pertenecía a las crónicas más sangrientas de Planeta Zero.

—Thiara... —comenzó él, volviéndose hacia ella con solemnidad—. Para que entiendas el porqué de tu fisionomía y el terror injusto que la humanidad le tiene a los de tu clase, debes comprender la verdadera historia de la gran guerra. Lo que te enseñaron en el Continente Dragón es una mentira conveniente diseñada por los vencedores. Hace milenios, ocurrió la Guerra de los Dioses Menores e Híbridos contra el Cielo. El cabecilla y líder absoluto de esa rebelión colosal fue un Semidiós, un hijo directo de uno de los Grandes Dioses del Olimpo. En aquel entonces, la escala del mundo era diferente: todas las razas de este planeta se unieron en un solo bando, marchando junto a las deidades menores y a los híbridos latentes para derrocar al Cielo. Eran grandes guerreros, titanes en el campo de batalla.

Apretó los puños, y una vibración de fuego reprimido sacudió el aire de la habitación. Sus ojos brillaron con la intensidad de los recuerdos de una era dorada que terminó en cenizas.

—Desesperados por ganar, el frente mortal unió todas sus fuerzas. En esa época, Thiara, este mundo ya albergaba una inmensa y próspera variedad de híbridos, pero aquellos que poseían el poder más devastador eran los que compartían sangre directa con lo divino. Entre las cuatro bestias primordiales que existíamos, tres de ellas —el Tigre, la Tortuga y el Dragón— se habían unido a los humanos antes del conflicto, dando origen a los linajes híbridos más poderosos de la historia. Cuando la tensión con el Cielo se volvió insostenible, no hubo traiciones internas; fue una causa común. Todas las razas del planeta, incluyendo a cada híbrido existente en el mundo, se pusieron de acuerdo en una alianza absoluta. 

Marcharon juntos, hombro con hombro, bajo el liderazgo y la cabecilla de los semidioses en una rebelión colosal. Sin embargo, el Rey Fénix fue el único de nosotros que no se había unido a ningún humano en ese entonces. Él atravesó la era de la guerra sin descendencia mortal, y fue mucho tiempo después, en la paz, cuando conoció el verdadero amor y se unió a Luna. Por eso el Rey Fénix es tan inmensamente amoroso, compasivo y entregado con su estirpe; su lazo con su sangre nació del afecto puro en tiempos de calma, libre del peso histórico y de los recuerdos de aquella devastación colectiva.

El Fénix hizo una pausa, mirando la confusión en los ojos de Thiara antes de aclararle el destino del resto del planeta.

—Y no creas que las otras razas se salvaron por ser buenas. No fueron ningunos campeones; fueron los perdedores que quedaron atrapados en un mundo destruido. Su castigo fue el peor de todos: el absoluto abandono de los Dioses. El Cielo les dio la espalda, dejó de escuchar sus peticiones y les arrebató sus bendiciones para siempre. Al marcharse los Grandes Dioses, el maná del planeta se extinguió, dejándolos desamparados. Antes, la magia pura era su forma de vivir; ahora, los humanos están limitados al Chi, una energía miserable que produce el propio cuerpo y que está encadenada a la pureza de su linaje. Por eso, para romper sus límites y subir de nivel en su cultivo, los humanos necesitan cazar y arrebatar las piedras espirituales de las bestias.

El tono del guardián se volvió aún más denso al mirar a las sirvientas del rincón.

—Debido a esa escasez absoluta de maná, las Bestias Espirituales y los híbridos comunes quedaron estancados en la historia de su cultivo bestial. Para ellos, el camino es un infierno despiadado: se ven obligados a matar y absorber el Chi de otras bestias más poderosas para apenas poder alcanzar la forma humana y seguir cultivando con la esperanza de ser una gran Bestia Suprema. Los híbridos sobrevivientes del pasado asumieron su culpa y aceptaron esa vida salvaje con la frente en alto, mientras que los Dioses Menores, por cobardía, traicionaron y sellaron a su propio líder Semidiós. Zeus los convirtió en "Dioses Caídos" para vigilar el sello, mientras el Cielo culpaba a los híbridos de toda la destrucción. Pero el Cielo sabe que ese Semidiós volverá. Y el destino dicta que serás tú, con la sangre pura de la línea de mi Señor, quien deba librar la batalla final contra ese ser maldito. No porque seas una llave para abrir su prisión, sino porque tu pureza te otorgará la fuerza para destruirlo por completo en su mejor etapa. Por eso debes ser puesta a disposición de la diosa Artemisa para tu entrenamiento.

Thiara lo miró con los ojos abiertos de par en par, asimilando la abismal diferencia entre el Chi limitado de los mortales y el flujo místico que ahora sentía en su propio pecho. 

El Fénix aprovechó su silencio para revelarle la verdad más impactante sobre su cuerpo mutado:

—Debes entender tu verdadera naturaleza, mi niña. Al despertar la sangre de mi Señor, has dejado atrás la fragilidad y las limitaciones del Chi humano. Los híbridos nacidos de las Bestias Sagradas, al igual que los antiguos semidioses, operan bajo las leyes divinas de la inmortalidad. Tu cuerpo ha dejado de envejecer; te quedarás estancada en el tiempo, congelada en tu mejor época para siempre. El tiempo ya no te tocará, Thiara. Sin embargo, no te confíes: no eres invulnerable. No morirás por el paso de los siglos ni por las enfermedades del mundo marchito, pero compartes la misma debilidad física de los antiguos semidioses; puedes morir si te cortan la cabeza.

La joven tragó saliva, sintiendo el peso de la eternidad, de la guerra de cultivo y del peligro real instalándose en su pecho, mientras el guardián suavizaba la mirada y le tomaba las manos con ternura.

—Por eso estoy aquí, resguardándote bajo el permiso del cielo. Tienes un poder inmenso y te has convertido en la presa más codiciada en un mundo hambriento de energía. Pero como te dije... yo no quiero que nadie te obligue a hacer algo que tú no quieras. Piénsalo bien. La decisión final de aceptar este camino y el entrenamiento de Artemisa siempre será tuya.







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