Planeta Zero: La Heredera del Silencio - Capítulo 5: Maldición de Sangre

CAPÍTULO 5: Maldición de Sangre

El Rey Fénix permanecía inmóvil, observándola con una intensidad volcánica; no se había marchado. Estaba allí, esperando, dándole el espacio necesario para decidir si aceptaba ese destino o si intentaba rechazar lo que la sangre dictaba.

Las sirvientas, que habían estado realizando su labor en un silencio sepulcral, se detuvieron al sentir la presión en el ambiente. Habían escuchado lo suficiente: la confirmación del linaje de la joven y la magnitud de la guerra que se avecinaba. Ellas, que habían vivido siempre bajo la naturaleza híbrida, miraban a Thiara con una mezcla de reverencia y perplejidad. Para ellas, el proceso de Thiara era un enigma absoluto; ella no nació como una de ellas, sino que fue transformada, rompiendo sellos que ninguna de las presentes había tenido que enfrentar jamás.

La sirvienta de oreja de conejo bajó la mirada, consciente de que su presencia era una intrusión intolerable en un asunto de tan alto rango.

—Mi señor, mi señora... —la sirvienta se inclinó tanto que su frente casi rozó el suelo, evitando mirar a los ojos a la dueña del palacio—. El servicio ha concluido. Nos retiramos.

Sin esperar respuesta y sin permitirse el atrevimiento de ofrecer disculpas innecesarias —lo cual habría sido una falta de respeto mayor—, la sirvienta tomó a su compañera y salieron con una disciplina férrea. El silencio que dejaron tras de sí fue tenso, cargado por el enigma de la existencia de Thiara.

Thiara, al ver a Lord Fénix allí, todavía inmutable, notó la pesadez de su presencia.

—Ignora su comportamiento —dijo ella, tratando de romper la tensión y enfocándose en el hombre que, para ella, seguía siendo su tío—. Además... tengo dudas. Después de lo que me dijiste, mi mente no deja de dar vueltas. ¿Podrías ayudarme a entender?

Lord Fénix asintió lentamente y se sentó en una silla, sin quitarle los ojos de encima, vigilante ante cualquier atisbo de duda que la hiciera flaquear.

—¿Qué dudas tienes, niña? —preguntó con voz grave.

—Mi cultivo... ha saltado niveles de forma inexplicable desde nuestra charla. Siento que mi fuerza interna es distinta. ¿Es esto lo que significa despertar?

—Creí que no te ibas a dar cuenta aún, eres novata —respondió él, con su tono cortante habitual.

Thiara se sintió ofendida. —¿Ha... o sea que no puedo darme cuenta solo por eso? ¿Qué narcisista eres…?

Lord Fénix puso cara de póker. —Ya deja de comportarte así. Hay asuntos importantes aquí y te pones como una niña chiquita.

Thiara se forzó a la calma. —Tienes razón... disculpa, tío. ¿A qué se debe este cambio tan drástico en mi energía?

Lord Fénix le explicó que era debido a su sangre de guerreros.

Thiara se enorgulleció de su linaje, pero una punzada de desconfianza le recorrió la espalda. Había notado que él respondía a sus dudas incluso antes de que ella terminara de articularlas, como si ella fuera un libro abierto ante sus ojos.

—¿Es que acaso estás husmeando en mis recuerdos? —preguntó ella, dando un paso atrás, con el rostro endurecido por la sospecha—. En la cueva de silencio, y ahora mismo... siento como si no tuviera privacidad.

Lord Fénix la observó con una calma imperturbable, sin intentar ocultar su naturaleza.

—No es una invasión, Thiara —respondió él con voz grave—. Como Bestia Sagrada, mi conexión con la energía de mi linaje es absoluta. Tu sangre está despertando y emite una resonancia que yo percibo sin esfuerzo; no necesito "leer" tu mente porque tus emociones y dudas vibran con la misma intensidad que tu aura. Tu poder es nuevo, es volátil y, por ahora, muy débil en comparación con el mío. Tu mente no es un secreto para alguien de mi rango.

Thiara apretó los dientes, sintiéndose expuesta. —Entonces, ¿quién te dio el permiso de observar lo que siento? Aunque mi sangre sea débil ahora, eso no te da derecho a invadir mis pensamientos.

—Es una consecuencia natural de tu despertar —dijo él, dando un paso adelante, bajando su guardia para mostrar que no tenía intención de doblegarla—. Tu mente es joven y aún no ha aprendido a cerrarse. Hasta que no domines el flujo de tu propio Chi, serás una melodía que yo escucharé involuntariamente. No es un ataque; es simplemente mi naturaleza percibiendo la tuya.

Thiara apretó los labios, sintiéndose expuesta, pero las palabras de él le dejaron una duda más profunda. Recordó el vacío de su inconsciencia, el frío que la devoraba y cómo su propia energía parecía tornarse un veneno que la consumía desde adentro.

—Eso que sentí... ese veneno que me devoraba... ¿era la maldición? —preguntó ella, con voz trémula—. ¿Es así como mueren los de mi linaje?

Lord Fénix suspiró, caminando hacia el gran ventanal.

—La maldición es un tormento silencioso —explicó Lord Fénix, con una sombra de dolor al recordar el pasado—. El Cáliz de Ceniza Eterna no solo drena la vida; es el velo que ocultó la presencia de los descendientes de mi Señor ante mí, mientras los exponía a la crueldad de los vencedores.

Thiara, tratando de comprender las leyendas prohibidas, preguntó: —¿Por qué el Fénix está tan marcado por la guerra? ¿Es cierto que lucharon contra el Olimpo?

—No por voluntad propia —respondió él, con un desdén teñido de amargura—. Aquella guerra fue una carnicería orquestada por los rebeldes: semidioses, dioses menores e híbridos. Ellos se alzaron contra el orden divino y nos usaron como armas. Existían tres tribus híbridas que portaban la sangre de las Bestias Sagradas —Tigre, Dragón y Tortuga—, y sus descendientes, cegados por la ambición, manipularon a las bestias mediante artefactos prohibidos para lanzarnos contra el Olimpo. A mi propio linaje lo forzaron a participar en esa rebelión contra el Cielo. Fuimos esclavizados por nuestra propia fuerza, convertidos en instrumentos de una causa que nunca fue nuestra.

Thiara sintió un escalofrío al comprender la magnitud de la tragedia.

—Entonces, después de la guerra... cuando los Olímpicos se impusieron, ¿qué pasó con ustedes?

—Tras la victoria, los Olímpicos impusieron leyes inquebrantables —explicó el hombre con voz sombría, manteniendo una distancia prudente—. Desterraron a las Bestias, prohibieron las bendiciones y nos condenaron al silencio.

Thiara lo observó con atención. Para ella, aquel hombre era un subordinado de su linaje, un ejecutor que, por una lealtad que ella apenas comprendía, había roto las reglas del Cielo para salvarla.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —cuestionó ella, exigiendo respuestas—. Sabes bien que desafías a Zeus. Si el Cielo supiera que un subordinado del Fénix sigue pisando este mundo, no quedarían ni cenizas de este lugar.

Él soltó una carcajada amarga, una que arrastraba el peso de siglos de secreto.

—¿Acaso no entiendes el precio? —dijo, sin mirarla a los ojos—. Cuando se descubrió la relación entre el Gran Fénix y Luna, el castigo fue brutal. A ella y a sus descendientes les borraron la memoria para que nunca supieran quién era su padre. Al Fénix le dieron una orden tajante: jamás revelar su identidad. Por eso, durante eras, los de mi rango nos hicimos pasar por simples Dioses Menores, guardianes de tu familia, alimentando la leyenda de que "el que nazca con la marca de la pluma ascenderá al cielo", solo para atraer y vigilar a los herederos.

Hizo una pausa, midiendo sus palabras como si el aire mismo pudiera traicionarlo ante el Cielo.

—El Fénix veía pasar generaciones sin hallar a la de la profecía, la única capaz de terminar con el Semidiós, mientras el decreto de Zeus lo mantenía atado. Pero un día, mientras él subía al Cielo por asuntos de celestiales, un semidiós que escapó en aquel guerra que no sufrió el mismo destino que sus demás parientes aprovechó su ausencia para sembrar la maldición del Cáliz de Ceniza Eterna. Cuando el Fénix regresó, la trampa ya estaba sellada. Él dejó a su linaje vulnerable, y ese ha sido su mayor tormento desde entonces.

Thiara sintió que el aire se le escapaba. Él le contaba la historia como alguien que simplemente observó el dolor de su señor, alguien que conocía los detalles del castigo pero que permanecía a la sombra, ocultando su verdadera esencia bajo el disfraz de un subordinado.

—Entonces, ¿cómo me encontraste ahora? —preguntó ella, con la voz quebrada por la revelación—. Si esa maldición es un velo que te mantiene ciego, ¿por qué conmigo es diferente?

El hombre la miró fijamente, sus ojos destilando una frialdad calculada.

—En vista de que no utilizaste tu Chi, la maldición entró en un estado de hibernación en tu sangre. Esto evitó el dolor agonizante, sí, pero no alteró el destino: la muerte a los 25 años seguía siendo inevitable. Y lo más grave es que ese veneno funcionaba como un muro, bloqueando por completo el "Llamado de Sangre". Sin embargo, la introducción de ese otro veneno extraño en la cueva, al no ser parte de la maldición del Cáliz, generó una reacción que desestabilizó el bloqueo. Esa fisura fue la que permitió que tu energía resonara, superando las restricciones del velo que ocultaba a los descendientes de mi Señor.

Thiara asintió, aunque el peso de la información la abrumaba. La maldición no era un acortador de la vitalidad del usuario sino que usaba el Chi como un veneno externo horrible que impidia que el subordinado del fénix no pudiera ayudarlo haciendo el desclieve del hogar materno de su madre. Sin embargo, algo más le inquietaba.

—Hablas de la maldición, del Fénix, del Cáliz... pero sigues sin explicarme lo básico. Si la guerra fue tan catastrófica que obligó a los Olímpicos a prohibir todo cruce entre razas y a desterrarnos, ¿qué fue lo que realmente inició esa rebelión? ¿Qué ambición fue tan grande como para romper el equilibrio del mundo?

Él soltó un suspiro, desviando la mirada hacia las sombras, manteniendo su postura de ejecutor que solo sigue órdenes.

—Los de tu linaje siempre buscan una razón lógica en la locura de los demás. La verdad es que nunca importó el "porqué". Los rebeldes, los semidioses y los híbridos estaban cegados por una sed de poder que los consumía. Cuando intentaron manipular a las Bestias Sagradas con artefactos prohibidos, solo buscaban derribar al Olimpo para ocupar su lugar. No había una causa noble, solo ambición. Y el Fénix, igual que yo, solo fue otra pieza que tuvieron que romper para que la guerra pudiera continuar.

Thiara bajó la mirada, comprendiendo la crudeza de su realidad: no había una profecía de justicia, solo un ciclo de ambición y venganza del cual ella era la última, y quizás la única, esperanza de ruptura.



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