CAP 7: La Batalla del Fénix vs. Centauro y la visita divina|La Heredera del Silencio

CAP 7: La Batalla del Fénix vs. Centauro

Se escuchaba un ajetreo inusual en los pasillos del palacio. Dos soldados avanzaban con premura hacia la habitación del centauro, el alquimista y sanador de la mansión.

Nota técnica: Las capacidades de manipulación de maná se dividen en tres categorías principales: 
Magos ancestrales: Utilizan el maná de la naturaleza. Es una técnica legendaria, actualmente extinta. 
Magos: Requieren herramientas y artilugios fabricados por alquimistas para canalizar el maná interno con el que nacieron. 
Magos de núcleo: Han logrado condensar su maná innato en un núcleo interno que actúa como reactor. Es una técnica poderosa que no requiere conjuros ni artefactos, solo la capacidad mental para moldear el hechizo. El maná aquí es más puro y eficiente. 
Subclases: De estas categorías existen dos ramas especializadas: los alquimistas y los sanadores. Es extremadamente raro encontrar a alguien capaz de dominar ambas.

El centauro estaba sentado a su mesa, inmerso en sus escritos, cuando el sonido de los soldados lo sacó de su concentración.

—El Fénix lo busca —anunció uno de ellos—. Quiere que examine a la joven que trajo.

El centauro frunció el ceño con irritación.

—Díganle que venga él personalmente. Debe confirmarme si cumplió con las instrucciones que le di cuando estaba en el cuarto de la joven.

Los soldados intercambiaron miradas, visiblemente intimidados por la actitud del centauro ante el señor del Palacio de Cristal. Sin embargo, conociendo la importancia vital del alquimista para el continente Luna, se retiraron sin protestar.

El centauro suspiró y volvió a sus notas. No tardó mucho en arrepentirse de su osadía: la puerta se abrió de golpe, estallando contra la pared.

—¡Maldito caballo arrogante! —rugió el Fénix—. ¿Te atreves a ignorar a una de las bestias sagradas? ¿Acaso un tigre te comió el hígado y te dio un valor que no te pertenece?

El centauro se puso en pie, con el rostro encendido de furia.

—Tú solo eres un fénix rebelde, depuesto de tu poder. No te pavonees como si fueras digno —escupió el centauro, haciendo alusión al castigo de los híbridos, repudiados por todas las razas y condenados a vagar por los continentes bajo la etiqueta de criminales o esclavos—. No eres diferente a nosotros.

—¡Te estás pasando de la raya! —El Fénix titubeó; la idea de confesar su relación con Thiara le resultaba imposible—. Mi castigo es asunto mío y no tengo por qué darte explicaciones. ¡Solo cura a mi ahijada!

—¿Cómo te atreves a tratarme como un esclavo? —replicó el alquimista—. ¿Olvidaste bajo qué condiciones acepté servirte como sanador?

El Fénix apretó los dientes, conteniendo una llamarada.

—Recuerdo perfectamente que tu estancia en mi continente no se debe a tu talento, sino a tu deber como médico personal para el híbrido especial. ¡Es hora de que cumplas el trato!

—Lo recuerdo —siseó el centauro—. Pero no seré tratado como un monstruo ni como el siervo de nadie.

El centauro lanzó sus agujas envenenadas al aire al mismo tiempo que el Fénix desataba sus llamas, causando que algunas recetas médicas se redujeran a cenizas. El choque era inminente, pero antes de que el fuego encontrara su objetivo, una presencia glacial inundó la estancia. No fue un animal común lo que apareció; fue una proyección espectral con la forma de un gran ciervo de luz blanca, cuya sola presencia hizo que la realidad misma del cuarto se tensara hasta el punto de la ruptura.

—¡Deténganse! —la voz no provino de la boca de la criatura, sino que resonó directamente en los huesos de los presentes, cargada de una autoridad absoluta—. ¿Cómo osan luchar en mi presencia?

Ante aquella opresiva autoridad de origen cósmico, las piernas del centauro flaquearon hasta tocar el suelo. «¿Qué es esto? No es una bestia... es algo que está fuera de este plano. Su poder es una sentencia», pensó, aterrado al ver que el aire a su alrededor se cristalizaba.

El Fénix, por su parte, mantuvo la compostura, aunque su mirada se tornó cautelosa. Él sabía exactamente qué era aquella proyección: un sello divino actuando en tiempo real.

—¡Oh, Diosa Artemisa! —dijo el Fénix, bajando la cabeza solo lo necesario para mostrar respeto sin someterse—. Perdone el atrevimiento. A veces, la brutalidad de este mundo nubla el juicio de mis subordinados.

—¡Puf! —rió Artemisa con desdén—. Como siempre, los mortales abusando de las bestias sagradas. Como dijo el Padre: son mascotas de todos y dueños de nada.

El Fénix, sonrojado por la vergüenza, preguntó:

—Perdone mi falta de liderazgo, mi señora. ¿A qué debo el honor de su visita? —intentó desviar la atención del estado del centauro.

El centauro, aún presionado contra el suelo por el aura divina, comprendió con horror que estaba ante una deidad. Había ofendido a una bestia sagrada. Sabía que el Fénix lo era, pero no sospechaba que aún mantenía relación con el Cielo, dado el odio profundo hacia los híbridos.

—Perdone, mi señor —balbuceó el centauro, con la voz quebrada por el miedo—. No supe reconocer a mi amo. Castígueme, se lo ruego. «Es mejor morir a manos del Fénix que de un Dios», pensó.

—¿Eh? Esta escoria no sabe distinguir entre el amo y el sirviente —comentó Artemisa, dirigiendo su mirada al Fénix—. Debes ser más severo, o terminarán subiéndose a tus barbas.

Nota: Los Dioses no pueden interferir directamente en el plano terrenal; por ello, Artemisa utiliza esta proyección para pasar inadvertida ante los ojos de Zeus y evitar el castigo divino.


—Entiendo, mi Diosa, tomaré su consejo —respondió el Fénix—. Pero dígame, ¿qué trae a una figura de su calibre a mis tierras?

—Vengo por orden de Zeus —sentenció la Diosa—. Sabes que ella está aquí. Imagino que ya le has introducido parte de la profecía. ¡Debes entregarla!

El Fénix apretó los puños, la rabia contenida le quemaba las entrañas. Era solo una niña, ¿cómo esperaban que ella cargara con la erradicación de un mal originado por una guerra ajena?

—Mi señora, ella sigue desmayada por la presión del despertar —mintió el Fénix—. Cuando esté lista, yo mismo la llevaré. «Claro, si ella lo desea... incluso iré contra el Cielo si hace falta», pensó para sí.

Artemisa les dio una última orden: el centauro sanaría a Thiara y el Fénix le ayudaría a recuperar sus recetas destruidas.

—Recuerda esto, Fénix —advirtió Artemisa antes de que su proyección comenzara a desvanecerse—. No quiero más locuras. Te salvaste solo porque ella, la híbrida sagrada, carga con el pecado que tú mismo iniciaste. Me pregunto si, al final, ella se sentirá orgullosa de ser un híbrido sagrado —concluyó, con un tono cargado de burla hacia el Fénix.

El Fénix asintió en silencio, viendo cómo la deidad desaparecía. Solo le quedaba cumplir la voluntad de la Diosa.




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